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sábado, 20 de agosto de 2011

Crítica del mes: SUPER 8

En pocas palabras: Super 8, mola
Ya no se trata de que la película en cuestión sea buena, mala, peor o mejor, sino que en resumidas cuentas es guay. En este film con nombre de celuloide, casi todo resulta redondo. Super 8 no es sólo entretenida, sino que
consigue algo importante: tener alma.
Su único pecado: que tanto la trama como el final no estén a la altura de las expectativas. Tiene todo lo que hay que tener para catalogarse como un clásico, aunque no tenga una originalidad de fábrica, pues bebe al 90% de las grandes películas de los 80, incluida su estética. Y es precisamente en estos aspectos donde la cinta rezuma la frescura necesaria para superar sus carencias. Le falta la intriga de los Goonies, por ejemplo, pues el espectador sabe ya, casi desde el primer cuarto, de qué va el asunto y su más que posible resolución. El final no sorprende a nadie, lo cual resulta llamativo, puesto que su guión intenta en todo momento ocultar el supuesto enigma, ya sea con enormes carteles amarillos y humo, o con la impagable promoción. Y es que, si en algo lleva esta producción la firma de Abrahams, más que en la factura del film (muy spielbergiana, puro tributo), es en el halo de misterio, merchandising y detalles cinéfilos que rodean al producto cinematográfico. En todo lo demás, la película resulta impecable. Y aporta algo más: ternura junto con un sentimiento en cierta medida dificil de definir: una mezcla entre valentía narrativa y una suerte de feliz nostalgia irresistible. Algo así como una camaradería intensa pero inteligente.

Super 8 está bien contada, haciendo mención especial al talentoso cast (padres incluidos), y sobre todo a los protagonistas: ese sexteto que sabe aportar a raudales la comedia y el gancho que una peli así necesita. Son quienes componen, precisamente, ese "alma" que mencionaba al principio (lo mejor: la escenas de rodaje). Además, si yo fuera Dakota Fanning me temblarían las piernas pues, hay que reconocerlo, su hermana Elle está sobresaliente. Su aura de inocencia transgresora cautiva sin dejar de sorprender con sus potentes dotes artísticas. Esta chica promete, y mucho.

Por otro lado, la espléndida banda sonora pertenece a Michael Giacchino, con el que J.J. Abrahams ya trabajó en Perdidos, y tanto la fotografía, como los movimientos de cámara o los excelentes efectos especiales (mención aparte para el increíble descarrilamiento), componen una base sólida y estilísticamente sabrosa sobre la que sustentar pizca de drama emocional, gags hilarantes, espíritu aventurero y esencia de juventud materializada en unos niños que ¡realmente parecen niños! Chavales haciendo maquetas y películas caseras en vez de dandole al videojuego, algo impensable hoy día. Da gusto ver a los protagonistas guardar su inocencia y mantener esa preadolescente irrefrenabilidad, a la vez que comienzan a madurar. Ellos completan esta fábula donde, además, la realidad y el cine se mezclan más allá de la pantalla. De ahí que uno de los mejores momentos del film sea la "otra" película. Si se quedan hasta el final, lo sabrán.

Yo, sinceramente, me lo he pasado estupendamente viéndola.

martes, 16 de agosto de 2011

MY BLUEBERRY NIGHTS

Hay algo en la película del director Won Kar Wai que invita a abandonar el cuerpo, a levitar y dejarse embrujar por el coctel de colores, sentimientos y sabores que azotan nuestros cinco sentidos e incluso llegan a despertar un sexto, escondido y cobijado por la voz de Norah Jones, desde que empieza el primer minuto de metraje.
El director hongkonés se sumerge a medias en el género roadmovie y relata una fábula sobre el reencuentro con uno mismo de una forma visual y narrativa, que ya tiene rubricada su firma desde hace tiempo. Esta película, como pasa con muy pocas otras obras del cine, no se ve, ni se escucha, sino que se degusta. Su fotografía, esa luz que varía igual que muta el fondo por el que viaja la protagonista, es una obra de artesanía visual incomparable. Su música, una banda sonora encabezada por la cantante Norah Jones, también protagonista de la cinta, y seguida a golpe de melodía existencial, de nana, y de ritmos lentos para paladear la vida por Cat Power, Gustavo Santaolalla, o Ry Cooder, es una delicia existencial suprema. Y su historia, que está protagonizada por una persona de vida sublimemente normal, resulta una narración tan humana como pura ilusión nacida del sombrero de un mago, ¡eh ahí el canto a la belleza de las pequeñas cosas!

Cuando la vida nos abate, nos parece querer decir el director, se abre la encrucijada de un camino, y tenemos que decidir quiénes somos. En la película son los detalles los que hablan de las personas, las metáforas, como la de ese pastel de arándanos abandonado al final del día o esas llaves postergadas al olvido, son quienes trazan el sutil encanto de la cotidiana rareza. Si, además, nos vemos acompañados por los ojos de Jude Law, en uno de sus papeles más seductores, y embriagados por el ambiente de un pedazo de Nueva York materializado en una cafetería donde uno podría vivir para siempre, es difícil querer salir de “My Blueberry Nights” una vez que se ha entrado.

Mis noches de arándanos es una historia de amor en todos los sentidos, de amor por uno mismo, de amor por el camino pero también por el destino, por el regreso a casa cuando encontramos a dónde poder volver. Escenificada mediante un ramillete de desconsolados personajes (Rachel Weisz, David Strathairn o Natalie Portman) abandonados a vivir cíclicamente, de pronto o quizá premeditadamente, éstos rompen con ese movimiento circular para dejar a sus pies tomar las riendas del camino. Elegir su dirección, mientras despiden con la mirada a la protagonista. El film se mueve por América nadando entre colores, desenterrando la humanidad que a veces nos consume y marcándonos la dirección hacia la puerta que dejamos abierta, una puerta que siempre está en Nueva York. La película nos seduce e invita a revelar dos grandes verdades: que la vida sabe a un beso y que ese beso sabe a noches de pastel con helado. Nada, incluso un bar oscuro o el árido desierto pueden romper la maravillosa estética, la sublime cadencia de un film que te arrulla sin dejarte indiferente.

Un film que sabe a música, color y arándanos.

domingo, 7 de agosto de 2011

BEGINNERS, principiantes en el amor.

Hay una serie de películas que saben capturar la humanidad en toda su dimensión, con sus caras y sus sombras. Y sobre todo desde una mirada "indie", tan poco comercial como para no perderse en derroteros manidos, pero con una intención lo suficientemenre rentable como para no perpetrar largometrajes que inviten al sueño. Son películas que hablan de la vida sin dejar de lado la esperanza y que saben aunar guión, actores, fotografía y banda sonora para generar iconos pop de cine. Entre ellas, está Beginners.

Lo mejor: La naturalidad con la que se representa la belleza de la imperfección humana.


Lo peor: Que no hayas ido aún a verla.


Sin desvelar ningún hecho clave, el punto de partida de la espléndida Beginners es el de un padre (Christopher Plummer) que tras confesarle a su hijo (Ewan McGregor) que es gay, se lanza a vivir la vida durante el tiempo que le queda y que, de una forma u otra, le insufla al protagonista el aire necesario para poder respirar, vivir y amar (a la francesa Mélanie Laurent).


Beginners es una película profundamente humana y ahí radica su belleza. Nos enseña tanto las dificultades del amor que ha de esconderse, como las diatribas de calado más existencial que hunden, como barcos a la deriva, a los amantes del siglo XXI. Habla del valor necesario para vivir e intentar ser feliz por encima de todo, sabiendo que la soledad aguarda a los que se van rindiendo. Su guión, dotado de una gran sensibilidad va acorde con la dirección del metraje, sin duda debido a que ambos le corresponden a un mismo autor, el director de la cinta Mike Mills, quien se inspiró en su propia vida para crear esta deliciosa historia.

De alguna forma el film nos espeta que todos somos principiantes cuando se trata de vivir, da igual la edad que tengamos, tenemos que enfrentarnos a un nuevo reto, y amar no es el más fácil. La película contrapone las barreras sociales del amor, frente a las que hoy en día nos ponemos a nosotros mismos. A la vez que habla de diferentes tipos de amor: algunos marchitos, cansados, silenciosos que culminan en la locura de vivir una representación teatral, hasta aquellos que nos salvan la vida y que no obstante, parecemos obcecados en destruir porque no sabemos ni quiénes somos. Al personaje de Mcgregor le falta pues, el valor que a Plummer, soberbio en su papel, le sobra.

Lo cierto es que todo está narrado con una sorprendente sensibilidad y naturalidad, enlazando cada parte del film en una estructura cambiante y retrospectiva que funciona con gran dinamismo. La película también goza de un ritmo agridulce que mejora a cada secuencia, animado con una música sutil que va calando en el espectador. Todos los actores hacen un trabajo especial y personal, y salen espléndidos en pantalla, pues Beginnes es una historia que se te queda en la retina dibujada con sabor a caramelo y regaliz negro. Y, seas o no amante de los Jack Russell, querrás llevarte a Arthur a casa.

lunes, 18 de julio de 2011

¡HASTA SIEMPRE, HARRY POTTER!

El final ha llegado. Tras 10 años de magia, Harry Potter se despide cinematográficamente y la generación que ha crecido con los libros y las películas se queda un poco huérfana, la verdad.

Como fan, ver “las Reliquias de la muerte Parte 2” fue todo un evento colectivo y una gran experiencia personal, llena de emoción, lagrimeo y una agridulce mezcla de tristeza y felicidad. Nunca he llevado bien las despedidas.

Durante la semana previa el mágico evento revisité todas las películas anteriores que pude, es decir las tres primeras. Ver de nuevo “La Piedra Filosofal” implicó un mazazo de emociones, la verdad. Fue como volver a Hogwarts por vacaciones, pero como todo en la vida, lo bueno siempre se acaba. Aunque existan los DVD´s y las maravillosas novelas, pasar página siempre duele y revivir la infancia, también trae un poquitín de nostalgia.

Lo cierto es que mucho ha cambiado en esta década, a parte de los peinados de los protagonistas. Casi todo lo mejorcito del cine british se ha dejado ver por el castillo de Hogwarts (el mejor personaje de la saga). Y las películas, al igual que los libros de Rowling, han ido aumentando su carga de oscuridad y drama a la misma velocidad que crecían Daniel Radcliffe, Rupert Grint y Emma Watson. La verdad es que juntando la excelente Parte 1 con esta segunda, nos encontramos con, posiblemente, el largometraje más maduro de una saga que lleva recolectados tantos éxitos como millones ha ido cargando a su espalda.

Las reliquias de la Muerte: Punto y final.

Una vez vista, hay que reconocer que la última entrega del mago no escatima en grandes efectos especiales (es de las pocas películas que, desde Avatar, ganan en 3D) y en general resume con gran fidelidad al libro lo que implica el fin de viaje para los protagonistas, el enfrentamiento con el destino, la muerte y el futuro. La película, ciertamente muy buena, regala grandes momentos cargados de emoción (Snape, Lupin y Tonks, el bosque), escenas épicas y llenas de acción (El duelo final, Gringotts, la batalla en el castillo) y, por qué no, secuencias agradablemente cómicas (al fin, ¡los besos!) y algunas de cierta vergüenza ajena (ese epílogo trasnochado). Aunque lo mejor de todo sea Hogwarts, espléndido y dispuesto a plantarle cara a la adversidad, con la dama Maggie – McGonagall- Smith, en pie de guerra.

Es cierto que parte de la magnificencia de esta Segunda Parte viene dada por el hecho de ser la última (habría sido un suicidio para David Yates, perpetrar una decepción para millones de fans), pero junto con su prólogo (esa madura “Parte 1”), compone un todo lleno de autenticidad con unos protagonistas que han sabido estar a la altura (Watson y Grint están excelentes. Radcliffe regala una actuación más irregular, pasando de una gran intensidad, a cierta frialdad escénica). Y en muchos casos es imposible reprimir la emoción desbordada ante determinados pasajes, de hecho, es casi como si el espectador estuviera allí, luchando. Además, los signos de calidad de la franquicia siguen intactos, es decir la maravillosa recreación artística de Stuart Craig o la delicada y personal música que Alexandre Desplat ha compuesto para acompañar los últimos sonidos de la saga.

No obstante, y aún siendo un espectáculo épico de grandes proporciones, le falta un minuto más al fuego para convertirse en algo brutal. La batalla de Hogwarts se desdibuja un tanto al fragmentarse y rechazar inexplicablemente los grandes duelos. Así como resulta una pena la exclusión de la impresionante imagen promocional de Hogwarts ardiendo en el metraje final. En cualquier caso, resulta difícil no disfrutar del gran espectáculo emocional y pirotécnico de esta última entrega. Parece mentira que ya haya acabado, y que nunca más vayamos a ver el símbolo de Warner Bros como precedente de esas míticas letras cinceladas en piedra y flotando entre las nubes… Eso sí, la saga ha terminado con un más que logrado punto final. Ha sido un evento épico, el magnífico adiós a un fenómeno generacional irrepetible.

Pero… ¿Hay algo después de Harry Potter?Como fan, diré que la vida sigue, pero que, no obstante, el brujo de la cicatriz en forma de rayo, Ron, Hermione y su magnífico mundo, difícilmente se podrán borrar de la memoria colectiva, de la historia de la literatura, del cine y bueno, de todo en general.

Hasta siempre, Harry Potter.

jueves, 26 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS

Cuando el espectador va a ver una nueva película de Woody Allen no sabe bien con qué se va a encontrar. Puede que sea una mítica (Annie Hall), un homenaje (Manhattan), una sátira (Si la cosa funciona), un drama (Match Point), una mediocre (Vicky Christina Barcelona), una olvidable (You´ll meet a tall dark stranger) o una joya, una exquisita e inmemorial delicia: Midnight in Paris.

A la postre, lo importante es que el espectador va al cine por Allen y en la mayor parte de las ocasiones sale pensando “lo ha vuelto a hacer”. En el caso de la película que nos ocupa, ha realizado posiblemente su mejor trabajo.

Midnight in Paris no se ve, se degusta. Es una obra redonda, y, además, original (algo difícil de encontrar hoy en día). Owen Wilson resulta ser un actor espléndido (que anda por ahí totalmente desaprovechado), y el esperpéntico guión es difícil de describir, ¿lo mejor? ir, comprar las entradas y vivirlo in situ, que nadie le destripe ni la trama, ni las ironías, ni la brillantez de las frases. Los personajes (todos) resultan de lo mejor de la cinta (sólo me chirría, no sé muy bien por qué, Marion Cotillard) y el genuino contraste entre la familia adinerada made in América y el espíritu bohemio del escritor crean la base de la comedia. Más tarde, la sorpresa nocturna (esa que nadie debe destriparles), dibuja la metáfora de la atemporal pregunta: “¿estamos a gusto con nuestra vida?”.

En fin, nada (incluido el estupendo cartel) se salva de convertir la película en una auténtica maravilla. Todo, en esta medianoche, sabe, además, a la ciudad de la luz. Es un homenaje al mejor París, a esa ciudad fotogénica que tan fácil roba el corazón. Y lo hace perdiéndose no sólo en su ventrículo más rodado, sino en el otro, en el que sólo luce como es debido cuando el reloj da las doce.

Vayan a verla ¡ya! Sin falta.

miércoles, 4 de mayo de 2011

THOR, esto sí que es un Dios.

¿Qué porque, de entre todas las películas que hay, hago una macro-crítica de THOR?
Porque es la caña. La mejor película de la factoría Marvel que he visto en estos últimos años. Mucho mejor que la última X-MEN (infumable) y sus spin-off, mucho mejor que Spiderman uno, dos y tres, (que las dos primeras no son malas, conste, sólo la tercera, otra catástrofe) o el reboot de Superman. Se salvan los Batman de Nolan, porque son brillantes, y tan oscuros como el traje del protagonista.

En cualquier caso, Thor, con su martillo, se las ha cargado a todas de un mazazo.

Me senté en la butaca, con mis gafas de 3D (el único elemento algo innecesario, no hay una diferencia abismal entre la versión tridimensional y la bi), y ya no volví a levantarme. Me quedé tan pegada a la butaca como con la primera de Iron Man, y Thor, incluso, me parece mejor que ésta. Es un producto que rebosa frescura, una peli de Marvel con tinte de clásico instantáneo. Una fuente de versatilidad, originalidad, falta de complejos y naturalidad, cuyo guión se basa en discurrir de forma más bien verosímil que realista, todo es tan improbable como en la vida real, y de ahí que el espectador pueda identificarse incluso con el Dios del trueno.

Su éxito quizá se deba a que su trama se desarrolla más entre los decorados (impresionantes) del mundo fantástico, que entre los “pim pam pums” que se suelen pegar los súper-héroes en la tierra con tanto afán de protegerla. Déjenla explotar, quizá se lo merezca. Además, Thor resulta ser un tío normal, un personaje carismático al que, eso sí, el traje de friki salido de la Comic Con de San Diego le sienta como un Armani. Chris Hemsworth deja claro que es un Dios en la tierra, y no sólo por sus abdominales a camisa descubierta que han hecho suspirar a media sala, sino por sus dotes actorales que hacen frente incluso al grandísimo Anthony Hopkins (Odín, el Top 1 de los Reyes), que encuentra, después de tiempo, un papel hecho a su medida.

Puede que ésta peli sobre el vikingo de la capa y el martillo tenga momentos de flaqueza, precisamente porque tiende a la cursilería efímera, a la moraleja de cuento. Aún así sabe reponerse de esos ínfimos lapsus momentáneos y reafirmar que no hay chicas potentes, que no hay batallas por la Humanidad, que no hay superhéroes, y que no los necesita porque tiene hombres de honor, recuperando un así un concepto mucho más legendario que el de simplemente salvar al prójimo “porque sí”. Thor tiene que aprender una lección de humildad y su padre, que lo destierra, elige la tierra como academia. Allí, despojado de su viril martillo, el rubito de Asgard tiene que lidiar no sólo con el hecho de que romper tazas contra el suelo no atrae más café sino que sin amigos y bueno, sin Natalie Portman (que interpreta a la física Jane Foster) la vida pierde más de un aliciente. Así, curiosamente, en cuanto recupera su martillo, el film ve cómo se escapa el humor que venía arrastrando. Un humor no especialmente sofisticado, pero de nuevo muy humano que funciona en ésta fábula cinematográfica dirigida por Kenneth Branagh, quien precisamente la dota de ese aire Shakespiriano de luchas internas del protagonista. En fin, que una vez el héroe vuelve a calzarse las botas de príncipe heredero y vengador, se da paso a las batallas de sangre contra sangre y al desenlace que, muy a la altura, usa un buen abanico de recursos y nos deja con las vistas de la ciudad dorada (y su castillo-órgano en el medio). Es una batalla intensa, aunque épica es la del primer cuarto, en plena tierra helada, donde el martillo, auténtico prota, demuestra cómo se las gasta y no deja títere con cabeza. ¿Para qué filmar The Avengers cuando semejante artilugio se basta y se sobra? Yo, también quiero uno.

En resumen, este Thor es un film dinámico, divertido, que sabe mantener los tempos y crear personajes con gancho (esos múltiples secundarios), en el que ¡por fin! hay un beso sensual de los buenos, y donde la dirección artística se ha currado un universo-joya increíble de ver. El reparto muy a la altura, borda cada papel y el guión, limpio y claro no se pierde en nimiedades relatando una epopeya pedagógica con grandes dosis de épica. Thor, el más sexy de los héroes, está cincelado para perdurar.

lunes, 4 de abril de 2011

NEVER LET ME GO

La primera vez que pude ver en el cine el tráiler de Never Let Me Go, o como nos ha gustado (mal) traducirla en España “Nunca me abandones”, me quedé fascinada. Y desde ese momento, en el que algo en mi cuerpo se convulsionó, supe que quería verla. Así esperé varios meses a que la estrenasen en tierras patrias (incluida una semana de retraso y drama), y la degusté en pantalla grande, con amiga para charla post-cine Starbucks y debate, y lacasitos para superar el lagrimeo interior.

Cuando vi el tráiler, me conquistaron, así, en principio, la aparición de tres pesos pesados como Keira Knightley, Carey Mulligan y Andrew Garfield. La primera que había estado medio desaparecida salía de entre las tinieblas, la segunda era una potente futura estrella, que película que hace, película en la que eclipsa al resto del reparto; y el tercero un atractivo y talentoso inglés más conocido hasta el momento por el tirón facebook y por ser el futuro Spidey, que por su Bafta a mejor actor de TV por Boy A hace un par de añitos.

Y sabía, también, que había un misterio, intenté no enterarme pero de forma infructuosa, porque leer Cinemanía, Fotogramas y toda revista de cine que se tercie e intentar preservar la inocencia del argumento no van a la par. Luego, resultó que lo contaban a los 20 minutos de la trama… Pero como mi intención poco secreta es la de analizar la película, si no quieres descubrir de que va toda esta historia, no sigas leyendo o como se hace en otras publicaciones, estate atento porque hay ¡¡Spoilers!!

Comentario: A grandes rasgos, o en una crítica sin spoilers (de momento), opino que Nunca me dejes marchar (lo auto-traduzco a mi gusto) es un film tristísimo y desalentador, rodado, eso sí, de forma muy poética que habla sobre emociones muy humanas, y precisamente de preguntarse qué es lo que nos hace humanos va el tema. El final es demoledor, como en sí mismo el mensaje, que se diluye más en lo que no se dice, que en lo que sí. Un drama sin esperanza, que planea con belleza sobre el amor para aterrizar en Carey Mulligan, que está brillante.

Pero poniéndonos serios, lo cierto es que la película, porque la novela en que se basa, del aclamado Kazuo ishiguro, no la he leído (aunque quiero), habla precisamente de –no dejar marchar- o de su opuesto, de dejar ir a quien amas, sin oposición, pero con virulencia interna. Hay temas éticos a tratar, temas sociales, temas de distopía pero en pasado, que tendrá un término pero lo desconozco, y al cabo, de sensaciones humanas. Y precisamente, ¿qué es lo que nos hace humanos? Es la pregunta clave del film y del proceso interno de todos los personajes.

Cathy, Ruth y Tommy, los tres protagonistas, son personajes que se caracterizan por sus graves problemas de comunicación y de transmisión de sus sentimientos, un hecho que da lugar a varias de las escenas cumbres del film, como la ¿declaración? de Tommy a Cathy, llena de una hermosura tan naif como el personaje que la protagoniza. Se caracterizan, también, por su mansedad, no son sólo clones, sino corderos educados en una jaula sin barrotes, para ser donantes de órganos.

Viven en un colegio donde les educan desde la tierna infancia para servir a un fin, su vida tiene un sentido único, el de dar vida a otros, ser buenos donantes, aunque ello les lleve a la muerte. Cathy describe su existencia de forma clara “lo mejor es que lleguen a Cumplir (sus pacientes) la primera vez” es decir, conseguir que se decidan a morir la primera vez que son intervenidos. Ese es su destino, no una consecuencia (como en nuestro caso) inevitable de la vida. Lo que verdaderamente destaca pues, es que sabiendo lo atroz de su final, no se revelen. Se les entiende, en el fondo, pues la única realidad que conocen, a pesar de no vivir totalmente aislados del mundo, es la de crecer, con una caducidad limitada, durante una existencia cuyo propósito no es el de vivir, sino el de dar sin recibir y finalmente claudicar sobre la mesa de operaciones.

Pero el planteamiento principal del film es el de ¿qué es lo que nos hace humanos?

“Buscábamos si teníais alma” les dice al final, el personaje de Charlotte Rampling, “criaturas” son denominados en otro momento. Nunca son realmente considerados por las personas como iguales, sino como soluciones químico-biológicas nacidas de una probeta copiando los genes, como dice Ruth “de la escoria” social. Así pues, quizá no fuera el alma o los dibujos de Tommy, sino el amor lo que les humanizase al máximo, lo único que, en cierta medida, les hiciera echar de menos la vida que van a perder. Un amor, eso sí, sin lucha, un amor sólo de resignación y sufrimiento. Y, en contrapunto, lo que más les deshumaniza es precisamente la apatía del condenado a muerte, su falta del afán de supervivencia. La falta de insurrección.

Los sentimientos de los protagonistas ante estas dos realidades duales y bipolares se materializan en el miedo a la soledad de Ruth, la infantilidad de Tommy y la fría resignación (a favor del cumplimiento del deber) de Cathy.

El Aplazamiento resulta ser una metáfora clara de la esperanza en un futuro que no existe, y el único conato de lucha. Tommy, un personaje basado en la profunda inocencia de su carácter, parece no ser consciente de lo que le espera, pero sus dibujos, dibujos con ¿alma?, testimonian el amor que siente hacia Cathy, así no se trata ya de que tenga esperanza, sino de que ese amor que les humaniza, es lo único que les retiene. Y es precisamente la pérdida del aplazamiento, la pérdida de la esperanza, lo que desarma y desespera a Tommy en otro de los momentos más trágicos de la cinta (ese grito frente a los faros del coche). Son humanos, sufren, pero su camino hacia la muerte es la paradoja que les condena.

Otra cuestión interesante es la fatídica desesperanza del personaje de Ruth, abocado al dolor, la soledad más absoluta (precisamente porque no tiene amor) y quien más profunda e intensamente entiende y se revuelve ante la idea de morir; frente al personaje de Cathy, frío, silencioso, inteligente y avispado, que no sólo comprende la situación, sino que la acata, se hace Cuidadora de aquellos que esperan la muerte, para más tarde, esperarla ella también. Es el producto casi perfecto, un donante que jamás se opondrá a su destino y que, sin embargo, huye inconscientemente de él, perdiendo a quien más ama por el camino. Así, desperdicia 10 años de su vida separada del amor de su vida, porque carece del arrojo suficiente (¿de la humanidad suficiente?) para actuar, para decidir, para vivir. Es un espíritu complejo que parece derrumbarse durante el desgarrador final, cuando llora, al fin, esperando a que Tommy regrese de un limbo al que están todos destinados, degradándose en el proceso, como androides de carne.

En última instancia, cabe, evidentemente, hablar de los planteamientos éticos del film, aquello de vivir mientras otros mueren en una sociedad ¿civilizada? Incitar, en una suerte de campos de exterminio, el deterioro de cuerpos jóvenes, de no-personas sin alma, que no contemplan el futuro más que como el “Cumplir”, el peor sinónimo de muerte y que resume lo ya obvio: que el más allá es su mayor aspiración, su matrícula de honor. Y algo que, inesperadamente les iguala ante esas personas que despiadadamente les crean como incubadoras de vida, pues al cabo: todos cumplimos.

Inevitabilidad e impotencia irrumpen en el alma del espectador atento, en esta cinta tan fría como su protagonista, pero tan cargada de un dramatismo existencial implícito que es imposible no sobrecogerse un poco ante este extraña oda poética sobre el fin de la vida, el amor y lo que nos define. En un ambiente old fashioned de los 50 – 60, la filosofía y el vacío de vivir se abren un hueco en el escaparate de ciencia ficción que plantea los dilemas de Never Let Me Go.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Review: KEITH


Título: Keith Director: Tod Kessler Actores: Elizabeth Harnois, Jesse Mcartney. calificación: ***** Tengo que decir que posiblemente acabe de encontrar la película que más me ha gustado, impactado o dejado en mi una marca indeleble: Keith. La encontré por casualidad, en una de esas noches donde, sinceramente, se me apareció el destino. Desde el mismo principio, con esa vista de Natalie en la camioneta, algo dentro del espectador se remueve, sabe que está viendo algo que puede cambiarlo todo. El argumento se centra en la vida perfectamente diseñada para el éxito, de una estudiante llamada Natalie; y en la vida de Keith, un chico resolutivo, libre e irónico. Ambas vidas se cruzan en un laboratorio del típico instituto americano y ya nada será jamás lo mismo. Y aunque puede que tenga todos los ingredientes para ser un desastre, desde el argumento, que puede sonar manido, a su protagonista, el cantante Jesse Mcartney. Pero está tan lejos del desastre… Es preciosa, tierna y especial. Resulta que, contra todo pronóstico, Mcartney hace un papelón, está espléndido. Increible en el papel protagonista, lleno de fuerza, de tristeza y a la vez, de una extraña esperanza. Es genuino y original. Por otro lado, la trama se desgrana manteniendo el interés, porque hace que algo dentro de ti quiera seguir viéndola. Y además, su argumento es genial. Afilado, irónico, profundo, lleno de vida. Casi cada palabra valdría para incluirse en la lista de las mejores frases de películas, creando un conjunto narrativo impecable. La banda sonora, de Tree Adams es increíble, navegando entre el country y un sonido independiente, deja un sabor tan agridulce como la vida, y un rastro inusitada alegría. Es hermosísima y muy recomendable, sobre todo la canción “Spiked Heels”. Los escenarios, el ambiente, todo resulta natural, realista, generando una atmósfera tan cálida como al relación que se forja entre los protagonistas. Una fotografía y una luz que te sumergen en una suerte de emplazamiento secreto donde Nat y Keith han decidido que están las oportunidades, justo en ese horizonte hacia dónde va la camioneta amarilla. El final (y casi toda la película) es realmente breathtaking, y si no hay nada dentro que se te remueve, es que no eres capaz de sentir. Pues el mensaje de la película es tan variado, tan profundo y coherente, tan lleno de vida propia que se puede hablar de él largo y tendido. Y la frase que lo resume todo es: the sky´s the limit. Para una película que habla de cómo la vida se nutre de momentos y personas especiales, por encima de los límites de la realidad, que te cambian la vida. Habla de vivir por encima de todo, de ser diferente, de amar como forma de libertad. De escapar del camino que nos ofrece nuestra vida para encontrar el nuestro propio. No temer a la muerte, aprovechar el tiempo que se tiene. Ser verdaderamente libre. Encontrar la forma de abrirse a otro, para encontrarse a uno mismo. A seguir adelante. A buscar los sueños. Porque: el cielo es el límite. Natalie: who do you think you are? Keith: who do you think I am? Keith: I was the russian soldier number three. Natalie: I don´t remember it. Keith: sure, Princess never remeber little people Keith: then I met yo and I got wierd. And I just wanted a little more time.

lunes, 20 de diciembre de 2010

500 Days of summer, The time traveler´s wife, Remember Me.


Hay algunas películas que están ahí, esperan a que las veas y cuando lo haces, no las olvidas. Algunas son mejores, otras peores, pero tienen algo que las hace especiales para uno. Cuando fui al cine a ver “Recuérdame”, pensé que iba a contemplar una película con Rob Pattinson en su tinta de bohemio neoyorkino desarrapado y sexy. Pero me encontré con algo que hacía remover algunos cimientos interiores. El tiempo pasa, los instantes se consumen y renacen. Y al final, cuando uno menos se lo espera, las cosas pasan. Después sólo vivimos si alguien recuerda que llegamos a existir… somos tan pasajeros como las personas que consiguen amarnos. Y siempre que llego al final de esta película, se me para el mundo. En conexión con esta cinta, y con esas ideas. El tiempo, el amor o vivir. Aparece “La mujer del viajero en el tiempo”, una película absolutamente preciosa basada en una novela (como casi todo hoy en día) y que ha sabido contar una trama compleja de forma sencilla, sin almíbar, sólo con la sensación de que el destino funciona de forma extraña, y que el amor rompe barreras difícilmente descifrables. Se te va encogiendo el estómago y es fácil sentir cientos de cosas dentro según te vas dando cuenta de cómo puede acabar. Porque es eso, la fragilidad de lo mortal, del tiempo contado, del final, lo que hace que el resto de las cosas tenga sentido. Y de pronto, aparece algo tan kitch, tan sublime y tan encantadoramente real como “500 días juntos”. Una película en la cual todo está a la altura. Los dos protagonistas, la simpáticamente extravagante Zooey Deschanel, y el atractivo y talentoso Joseph Gordon-Levitt; el guión afilado, coherente, realista; la música más que cool; los secundarios, el ritmo de esos 500 días, el final, el principio, la mitad. Es una de mis películas favoritas, y sólo la he visto una vez. Pero es fácil enamorarse de algo que habla del amor imperfecto, desigual, incoherente, real. Del yo me enamoré de ti, más que tú de mí. “Lo que pasó, fue la vida” dice el protagonista nada más empezar, y deja claro que “es una historia de chico busca chica, pero no es una historia de amor”. Es tierna, graciosa, una muestra del esplendor del cine auténtico. Del auténtico romanticismo, y de la creencia en los dos lados del amor, depende de en cuál estés, las vistas desde el banco del parque pueden ser siempre perfectas.

sábado, 30 de octubre de 2010

LA RED SOCIAL (The Social Network)





Actores: Jesse Eisenberg (Zombieland), Andrew Garfield (Never let me go), Justin Timberlake, Rooney Mara (Proyecto: The girl with the dragon tattoo).



Calificación: ****








Tal y como empieza el film, la personalidad de Zuckerberg, el creador de Facebook, queda más que perfilada, Aarón Sorkin, el guionista, te la echa a la cara, y no sabes bien qué más esperar. Pues bien: Mucho. La historia de Eduardo Severin, brillantemente interpretado por el nuevo icono Andrew Garfield le deja a uno helado, como todo buen relato de amistad truncada y de gran y “jodida” traición por la espalda. Eisenberg (que es igualito en la realidad) también borda a un Zuckerberg que más que mala persona, como bien deja claro el personaje de Rooney Mara (la nueva otra estrella incipiente), es gilipollas. Estático, inteligentísimo, friki, adicto al trabajo, ¿roba-ideas? ¿Gran visionario de futuro?, parece vivir en su propio mundo mientras lo que le rodea se cae, es decir – sacrifica a sus amigos o sus relaciones por su carácter y su facilidad de seducción por las luces y los colores – y todo en pos de la notoriedad; que si clubs elitistas, que si ser el más guay de la “uni”, esa Harvard desparramada en fiestas de tías ligeras de ropa, muy clasista y algo cutre en la visión de Fincher. Lo que si queda evidenciado es que ni el propio creador de la mayor red social del mundo tenía claro qué hacer con su vida, pero sí que sabía que algo grande saldría de su incapacidad para relacionarse: ayudar a que otros lo hicieran, porque vio el éxito en ello (y el éxito lo es todo). Las escenas finales del litigio Severin- Zuckerberg son trágicas hasta decir basta, y el plantel de actores (incluido el ídolo pop Timberlake) echa mano de todo su carácter para reflejar la evolución, involución o parálisis cerebral-sentimental de los personajes que les ha tocado dar vida. La fotografía es excelente (sobre todo en las escenas iniciales), y, además, ayudada por el ritmo de un guión afilado (y friki algunas veces) así como por la contraposición narrativa entre el presente y el pasado, se crea un tándem que empuja esta trama típica y descrita con simplicidad en el subtítulo del film (“tener 500 millones de amigos te granjea algunos enemigos”) a crecer en una película que más que de traición va de realismo puro y duro: una idea, amistad, dinero, manipulación, éxito, y como tirar por la borda el amor, y esa misma amistad, y luego seguir adelante porque una cosa es cierta, Zuckerberg creía a muerte en su proyecto. La vida vamos. A mí personalmente me ha gustado mucho, tenía muchas (muchas) ganas de verla, y soy una adicta a Facebook. No puedes aburrirte según te sumerges en la trama y más que de la creación de la “Red Social” va de cómo la vida nos llena de inseguridades y como se sale de ellas a base de crearse otros problemas, de que las cosas no son lo que aparecen, que la amistad es complicada y que bueno, el potencial de internet para crear dinero junto con la mente impresionantemente inteligente de los cerebritos del mundo pueden llevar a éste a ver cosas complicadillas y buenas. Vayan a verla, sea todo un poco mentira, u otro poco verdad, merece la pena, aunque no vaya a cambiar sus vidas, quizá vean su perfil de face de otra forma.